[005] Cafetorio (II)

(... continuación)
La cara del camarero me resultaba vagamente familiar, pero eso no evitaba que sintiera un miedo instintivo al mirarla. Apreté los dientes para aliviar el escalofrío que me recorrió la espalda y tragué saliva. Esto me permitió decir con el suficiente aplomo:
-- ¿No tiene un sobre de sacarina? Se lo pedí con sacarina...
Él ni siquiera parpadeó. Sus ojos parecían dos chinchetas negras como la noche. Me acordé de las mujeres que dicen de algún hombre "tiene los ojos de Paul Newman". Este camarero, si tenía los ojos de Paul Newman, no se los había traído ese día. Más bien tenía los ojos de Cristopher Lee tal y como se los solía maquillar cuando interpretaba al conde Drácula en sus famosas películas. Se quedó parado, mirándome, luego se acercó y, bajando la voz con aire de confidencia, susurró:
-- Usted parece inteligente, amigo. No quiera vivir de espaldas a la realidad... Algún día la muerte acabará con su paciencia y entonces...
¿Pero qué tengo yo en la cara que atraigo a gente de esta calaña? ¿Todos los locos me tocan a mí? Debido a mis dotes de observación y a mi gran capacidad como fisonomista, no tuve problemas en darme cuenta por qué este camarero, como ya he dicho antes, me resultaba familiar: era el mismo camarero del post anterior, el mismo que hablaba de la muerte con la familiaridad que uno espera en un camarero de cafetería de tanatorio.
Con una facilidad pasmosa cogió un sobre de sacarina y me lo puso en el plato. Sus brazos eran tan largos (le llegaban desde los hombros hasta las muñecas de ambas manos) que lo hizo casi sin mover el resto de su esquelético cuerpo.
-- ¿Usted ha visto a la muerte?
La pregunta me salió casi sin pensar lo que estaba diciendo y consiguió sorprenderme más a mí mismo que a él, que no se inmutó. Tan de sorpresa me pilló mi propia pregunta que me quedé pensando en ella y apenas oí la respuesta del camarero. Algo sobre películas de Woody Allen y gatos tuertos... ¿o eran patos albinos?... no sé.
Con una sonrisa de compromiso en mis labios, mi taza de café en una mano y el vaso de agua en la otra, hice ademán de retirarme de la barra para sentarme en alguna mesa cercana o lejana, dependiendo de la distancia, y fue entonces cuando pronunció una frase verdaderamente demoledora. Ya la había oído antes en otros lugares, pero eso no hacía que estuviera acostumbrado a ella. Es una frase que encierra palabras de desconfianza y recelo impropios del ser humano. Una frase fruto de la pérdida de valores que caracteriza a nuestra sociedad del siglo XXI:
-- Por favor, abone su consumición antes de retirarla de la barra...
Me lo quedé mirando fijamente como diciendo "¿Tengo cara de salir corriendo y dejar sin pagar el café?" y puse una moneda encima del mostrador. El camarero la miró lastimosamente y dijo secamente:
-- Es un euro con cincuenta"-- y señalando al suelo detrás de mí, añadió: -- "¿Ese perro es suyo? Aquí no se admiten animales.
Los seres humanos reaccionamos a veces en contra de toda lógica y cada vez que recuerdo esta escena me pregunto por qué hice lo que hice. El caso es que no sé qué extraño impulso se apoderó de mí, que mis pies echaron a correr en dirección a la puerta como alma que se lleva el diablo y, claro, el resto de mi cuerpo se fue detrás de ellos.
Pero fue al llegar a la puerta y volverme cuando puede ver dos cosas increíbles y asombrosas que me paralizaron el corazón por unos instantes (justo entre un latido y otro):
1) El camarero no se reflejaba en el espejo que había detrás de sí, en la barra del bar y, seguramente, tampoco tenía hecho el curso de manipulador de alimentos.
2) En el suelo, junto al sitio donde yo estaba, había un perro y resulta que era "Recambio" mi viejo perro. Hacía dos años que desapareció tan misteriosamente como había aparecido y ahora lo había vuelto a recuperar.
Pero eso es otra historia...
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