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[028] La Sensible Giadermina

(Foto: alvimann , bajo licencia: MorgueFile License)
Desde que un infarto acabara con su vida, “La Sensible Giadermina” sería recordada como la médium más grande de la historia. Sobre todo, porque nadie sabrá jamás que falleció por un repentino ataque de fe en los muertos, algo en lo que nunca había creído.
La noche de la tragedia estaba todo preparado: velas voladoras, altavoces camuflados, mesa con motor elevador silencioso, hilos invisibles, etc. Los muertos se comunicarían de forma espectacular, como siempre, para lucimiento de “La Sensible Giadermina” y para plena justificación de sus elevados honorarios, aunque fueran muertos de cartón piedra. 
Todo estaba ensayado con sus ayudantes: cada movimiento, cada destello, cada sonido espectral. Todo, menos un gato que se coló en el desván y que hizo tanto ruido imprevisto, que Giadermina, tan sensible, creyó por primera vez en su vida que los muertos venían a vengarse de ella por tantos años de fraude.



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Esta obra está licenciada por Joaquín Romero Zambrano, bajo una Licencia Creative Commons como








[012] La última taza de café

Cuando el último náufrago cogió su taza, se oyó como un quejido bajo sus pies. Al principio nadie hizo mucho caso porque el barco de rescate era grande y de apariencia robusta. Todos fueron muy amables. Con sus humanitarias sonrisas y sus cálidas mantas reconfortaron sus húmedos cuerpos, relajaron sus cansados músculos y les hicieron creer que el tiempo se estiraba, alargándose sobre el agua.

Todo fue bien, hasta que el suelo volvió a crujir. Esta vez, el casco se abrió en dos al paso de una grieta que corría por la cubierta. 'Replay' pensó: «¡No creo que pueda aguantar otro naufragio!» y, agarrándose cada cual a lo que buenamente pudo, fueron a dar con sus huesos en el agua. Luego llegó la espera, cuando el tiempo, casi detenido y rodeados de agua sus minutos, trajo el milagro. Un barco de rescate acertó a verlos y pudo sacarlos de aquel acuático infierno y ponerlos a salvo. Estaban ateridos. Habían preparado café y les sirvieron un poco a cada uno. Cuando el último náufrago cogió su taza, se oyó como un quejido bajo sus pies.



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Esta obra está licenciada por Joaquín Romero Zambrano, bajo una Licencia Creative Commons como

[005] Cafetorio (II)

(... continuación)
La cara del camarero me resultaba vagamente familiar, pero eso no evitaba que sintiera un miedo instintivo al mirarla. Apreté los dientes para aliviar el escalofrío que me recorrió la espalda y tragué saliva. Esto me permitió decir con el suficiente aplomo:
-- ¿No tiene un sobre de sacarina? Se lo pedí con sacarina...
Él ni siquiera parpadeó. Sus ojos parecían dos chinchetas negras como la noche. Me acordé de las mujeres que dicen de algún hombre "tiene los ojos de Paul Newman". Este camarero, si tenía los ojos de Paul Newman, no se los había traído ese día. Más bien tenía los ojos de Cristopher Lee tal y como se los solía maquillar cuando interpretaba al conde Drácula en sus famosas películas. Se quedó parado, mirándome, luego se acercó y, bajando la voz con aire de confidencia, susurró:
-- Usted parece inteligente, amigo. No quiera vivir de espaldas a la realidad... Algún día la muerte acabará con su paciencia y entonces...
¿Pero qué tengo yo en la cara que atraigo a gente de esta calaña? ¿Todos los locos me tocan a mí? Debido a mis dotes de observación y a mi gran capacidad como fisonomista, no tuve problemas en darme cuenta por qué este camarero, como ya he dicho antes, me resultaba familiar: era el mismo camarero del post anterior, el mismo que hablaba de la muerte con la familiaridad que uno espera en un camarero de cafetería de tanatorio.
Con una facilidad pasmosa cogió un sobre de sacarina y me lo puso en el plato. Sus brazos eran tan largos (le llegaban desde los hombros hasta las muñecas de ambas manos) que lo hizo casi sin mover el resto de su esquelético cuerpo.
-- ¿Usted ha visto a la muerte?
La pregunta me salió casi sin pensar lo que estaba diciendo y consiguió sorprenderme más a mí mismo que a él, que no se inmutó. Tan de sorpresa me pilló mi propia pregunta que me quedé pensando en ella y apenas oí la respuesta del camarero. Algo sobre películas de Woody Allen y gatos tuertos... ¿o eran patos albinos?... no sé.
Con una sonrisa de compromiso en mis labios, mi taza de café en una mano y el vaso de agua en la otra, hice ademán de retirarme de la barra para sentarme en alguna mesa cercana o lejana, dependiendo de la distancia, y fue entonces cuando pronunció una frase verdaderamente demoledora. Ya la había oído antes en otros lugares, pero eso no hacía que estuviera acostumbrado a ella. Es una frase que encierra palabras de desconfianza y recelo impropios del ser humano. Una frase fruto de la pérdida de valores que caracteriza a nuestra sociedad del siglo XXI:
-- Por favor, abone su consumición antes de retirarla de la barra...
Me lo quedé mirando fijamente como diciendo "¿Tengo cara de salir corriendo y dejar sin pagar el café?" y puse una moneda encima del mostrador. El camarero la miró lastimosamente y dijo secamente:
-- Es un euro con cincuenta"-- y señalando al suelo detrás de mí, añadió: -- "¿Ese perro es suyo? Aquí no se admiten animales.
Los seres humanos reaccionamos a veces en contra de toda lógica y cada vez que recuerdo esta escena me pregunto por qué hice lo que hice. El caso es que no sé qué extraño impulso se apoderó de mí, que mis pies echaron a correr en dirección a la puerta como alma que se lleva el diablo y, claro, el resto de mi cuerpo se fue detrás de ellos.
Pero fue al llegar a la puerta y volverme cuando puede ver dos cosas increíbles y asombrosas que me paralizaron el corazón por unos instantes (justo entre un latido y otro):
1) El camarero no se reflejaba en el espejo que había detrás de sí, en la barra del bar y, seguramente, tampoco tenía hecho el curso de manipulador de alimentos.
2) En el suelo, junto al sitio donde yo estaba, había un perro y resulta que era "Recambio" mi viejo perro. Hacía dos años que desapareció tan misteriosamente como había aparecido y ahora lo había vuelto a recuperar.
Pero eso es otra historia...

[005] Cafetorio (I)

Eran las cinco y media y ya empezaba a sentir esa sensación en el paladar: era la hora de mi café... al menos una de ellas.
Me separé discretamente de los familiares dolientes y del finado y salí al pasillo. Una decoración más fría aún que la de la sala de duelos decoraba la fría longitud del enorme corredor. ¿He dicho ya que era muy frío?
Giré la cabeza en ambas direcciones con los orificios nasales abiertos al máximo y supe claramente que la cafetería estaba al final del pasillo derecho. Justo enfrente de mis narices había un cartel que aportaba ciertos indicios:
"CAFETERÍA ==>"
Me acerqué con presteza pero sin demostrar ansiedad aunque, al llegar a la puerta y ver al camarero, estuve a punto de dar media vuelta. Tenía el semblante propio de un muerto y la poca sangre que circulaba por su cara se hallaba concentrada en uno de sus ojos, de manera que parecía que le iba a estallar de un momento a otro. Lástima que él me vió antes y actuó con profoesional diligencia:
-- "Pase señor, aquí tiene un sitio en la barra".
Su voz era aún más terrorífica que su cara. La próxima vez que venga a un tanatorio, me traeré un termo con café, pensé. Como si estuviera leyendo mis pensamientos, me espetó sin rodeos:
-- "Qué va a tomar el señor...".
Sus ojos hundidos se asomaban tímidamente desde unas cuencas negras y cavernosas.Camarero de la muerte...
-- "Un café con leche" -- contesté con un hilo de voz.
Estuve observándolo mientras preparaba mi encargo. Se movía por detrás de la barra como si la barra fuera suya, como si la cafetería fuera suya, como el si el tanatorio entero fuera suyo... hasta la ciudad podría parecer suya si el ayuntamiento no se opusiera alegando molestos e inoportunos inconvenientes.
Con los dedos largos y huesudos de una de sus manos acercó hasta mi la taza de café humeante mientras con la otra mano vertía un poco de sangre... digo, no, quiero decir de leche. de leche... hasta el borde mismo de la blanca taza mientras con un susurro casi imperceptible sentenció:
-- "No somos nadie ¿Verdad, señor? A todos nos llega la hora, tarde o temprano"....
(Continuará...)