Me acerqué con presteza pero sin demostrar ansiedad aunque, al llegar a la puerta y ver al camarero, estuve a punto de dar media vuelta. Tenía el semblante propio de un muerto y la poca sangre que circulaba por su cara se hallaba concentrada en uno de sus ojos, de manera que parecía que le iba a estallar de un momento a otro. Lástima que él me vió antes y actuó con profoesional diligencia:
-- "Pase señor, aquí tiene un sitio en la barra".
Su voz era aún más terrorífica que su cara. La próxima vez que venga a un tanatorio, me traeré un termo con café, pensé. Como si estuviera leyendo mis pensamientos, me espetó sin rodeos:
-- "Qué va a tomar el señor...".
Sus ojos hundidos se asomaban tímidamente desde unas cuencas negras y cavernosas.
-- "Un café con leche" -- contesté con un hilo de voz.
Estuve observándolo mientras preparaba mi encargo. Se movía por detrás de la barra como si la barra fuera suya, como si la cafetería fuera suya, como el si el tanatorio entero fuera suyo... hasta la ciudad podría parecer suya si el ayuntamiento no se opusiera alegando molestos e inoportunos inconvenientes.
Con los dedos largos y huesudos de una de sus manos acercó hasta mi la taza de café humeante mientras con la otra mano vertía un poco de sangre... digo, no, quiero decir de leche. de leche... hasta el borde mismo de la blanca taza mientras con un susurro casi imperceptible sentenció:
-- "No somos nadie ¿Verdad, señor? A todos nos llega la hora, tarde o temprano"....
(Continuará...)