[006] Año nuevo, vida nueva


Ayer probé un nuevo bar. Como era un sitio nuevo para mí, mi mirada escrutadora, incisiva, dio al entrar un repaso rápido al local, mientras mi mente pensaba: "¿Mesa junto a la barra o mesa junto a la ventana?..." Ganó mesa junto a la ventana por quinientos lux contra ciento y pico. La afición por mezclar café y lectura tiene sus exigencias lumínicas particulares.

Me senté en una silla marrón oscuro, la primera silla de madera y marrón oscuro en la que me siento en 2009, con un respaldo alto y formando un ángulo de 90º con la base. Una silla muy confortable, si se sienta en ella un cartabón, claro. Al sentarme mi espalda dijo: "¿?" (yo la oí... por dentro).
El local estaba bien, era tranquilo, espacioso. Tras la barra, un camarero corriente, que vestía una camisa blanca corriente, con indicios claros de transpiración y pantalón negro con ausencia total de indicios (¡que buen color el negro!). Cuando se acercó displicente, me hizo una pregunta harto desagradable: "¿Qué va a tomar?"

Digo desagradable, porque yo estoy acostumbrado a no oír esa pregunta. Un café se paladea, se disfruta, se huele, pero no debería hacer falta pedirlo. De hecho, yo no suelo pedirlo. En mi barrio siempre tomo café en alguno de mis cinco o seis sitios favoritos de tomar café. En cualquiera de estos lugares ya me conocen, conocen mis gustos: el vaso de agua fría; mi taza o vaso mediano, largo de café; con mi leche calentita pero no hirviendo, sin nata pero con algo de espumita; mi sacarina 0,0; mi mesa; mi periódico / libro / revista / folios-con-alguna-cosa-impresa-para-leer; mis ojos de leer...

En estos bares, en cuanto me ven acercarme, desde la calle, el camarero comienza a preparar mi café y al entrar: "buenos días" o "buenas tardes" o "buenas noches" y el café y el agua sobre la barra recién creados de la nada, recién aparecidos y sin preguntas incómodas. Después de los primeros quinientos o seiscientos cincuenta cafés (a veces menos), no falla: dejaron de preguntarme. ¿Será porque nunca tomo otra cosa? Es un misterio...

-- Me pone un café con leche, en vaso chico, con sacarina y un vaso de agua fría, por favor...
Y aquí estoy yo, en los primeros días de este recién estrenado 2009, sentado en esta silla de 90º, a la sombra (la espalda se me está calentando) y probando un nuevo bar. Ya lo dice el refrán popular: "Año nuevo, vida nueva".

Un ruido me llama la atención. Es el camarero, que ha tropezado detrás de la barra y ha tirado una fila de vasos recién salidos del lavavajillas. Al menos ha sido una rotura limpia. En el otro extremo de la barra un cliente sonríe y luego, tras un trabajoso pero hábil ejercicio de absorción nasal de sus interioridades mucosas, escupe en el suelo, eso sí, ladeando un poco la cabeza para evitarnos el espectáculo visual. Por desgracia no puede evitarnos el acompañamiento sonoro, por lo que la imaginación desbocada e inducida por éste, nos impide perdernos los detalles. El cliente seguramente querrá aplicar su "año nuevo, vida nueva" empezado por limpiarse por dentro. Por cierto, al bar también le haría falta una limpieza a fondo: junto a la barra, en el suelo, hay tantas servilletas y desperdicios de variado pelaje, que casi no se llega a ver las losas. Creo que no ha sido una buena idea venir aquí.

Al comenzar un año nuevo todo el mundo quiere cambiar algo, todo el mundo se establece metas y buenos propósitos. Lo malo es que nunca nadie los cumple. A mí me pasaba siempre, todos los años. Pero en el 2008 quise acabar la racha: me propuse no proponerme nada y cuando alguien me decía "este año dejaré de fumar" yo me reía por dentro. O cuando algún desconocido me besaba por la calle y dándome abrazos me decía "en el 2008 voy a querer más a la gente" yo me reía más (y me limpiaba la cara con una toallita). Algunos compañeros de la oficina, incluso se matricularon o, al menos rellenaron la solicitud, para entrar en un gimnasio y yo me reía. Yo me había propuesto no proponerme nada...

(Nota mental: este camarero está tardando mucho en ponerme el café)

Bueno, pues sería allá por el mes de marzo o así, cuando se rompió el hechizo y se me despejó la niebla que embotaba mi neurona más despabilada. Me di cuenta entonces de que había vuelto a fallar un año más porque yo quería no proponerme nada y resulta que sí me lo propuse: "no proponerme nada" y estaba poniendo nada menos que todo mi empeño en ello. Por lo tanto, había vuelto a fallar. No pude cumplir mi propuesta.

Por fin el camarero me trae el café. Está frío. Es una lástima, pero sólo ha conseguido un total de: cero puntos hasta el momento en eficiencia y desempeño, que si lo sumamos a los 0 puntos del local y a los -8 puntos (menos ocho) del estilo y las maneras de la clientela presente en el tugurio en el momento de la prueba... suma un total de -8 puntos.

¡Horror y pavor! La cuchara tiene restos de difícil identificación y la taza ha sido besada por una dama de labios carmín...

Este año tengo el firme propósito... de no volver por aquí aunque sea el último sitio del mundo donde sirvan café.

(Nota mental: si eso ocurriera, digo lo de ser el último sitio del mundo donde sirvan café, yo podría traer taza, cuchara y leche de mi casa... Ya veremos.)

[005] Cafetorio (II)

(... continuación)
La cara del camarero me resultaba vagamente familiar, pero eso no evitaba que sintiera un miedo instintivo al mirarla. Apreté los dientes para aliviar el escalofrío que me recorrió la espalda y tragué saliva. Esto me permitió decir con el suficiente aplomo:
-- ¿No tiene un sobre de sacarina? Se lo pedí con sacarina...
Él ni siquiera parpadeó. Sus ojos parecían dos chinchetas negras como la noche. Me acordé de las mujeres que dicen de algún hombre "tiene los ojos de Paul Newman". Este camarero, si tenía los ojos de Paul Newman, no se los había traído ese día. Más bien tenía los ojos de Cristopher Lee tal y como se los solía maquillar cuando interpretaba al conde Drácula en sus famosas películas. Se quedó parado, mirándome, luego se acercó y, bajando la voz con aire de confidencia, susurró:
-- Usted parece inteligente, amigo. No quiera vivir de espaldas a la realidad... Algún día la muerte acabará con su paciencia y entonces...
¿Pero qué tengo yo en la cara que atraigo a gente de esta calaña? ¿Todos los locos me tocan a mí? Debido a mis dotes de observación y a mi gran capacidad como fisonomista, no tuve problemas en darme cuenta por qué este camarero, como ya he dicho antes, me resultaba familiar: era el mismo camarero del post anterior, el mismo que hablaba de la muerte con la familiaridad que uno espera en un camarero de cafetería de tanatorio.
Con una facilidad pasmosa cogió un sobre de sacarina y me lo puso en el plato. Sus brazos eran tan largos (le llegaban desde los hombros hasta las muñecas de ambas manos) que lo hizo casi sin mover el resto de su esquelético cuerpo.
-- ¿Usted ha visto a la muerte?
La pregunta me salió casi sin pensar lo que estaba diciendo y consiguió sorprenderme más a mí mismo que a él, que no se inmutó. Tan de sorpresa me pilló mi propia pregunta que me quedé pensando en ella y apenas oí la respuesta del camarero. Algo sobre películas de Woody Allen y gatos tuertos... ¿o eran patos albinos?... no sé.
Con una sonrisa de compromiso en mis labios, mi taza de café en una mano y el vaso de agua en la otra, hice ademán de retirarme de la barra para sentarme en alguna mesa cercana o lejana, dependiendo de la distancia, y fue entonces cuando pronunció una frase verdaderamente demoledora. Ya la había oído antes en otros lugares, pero eso no hacía que estuviera acostumbrado a ella. Es una frase que encierra palabras de desconfianza y recelo impropios del ser humano. Una frase fruto de la pérdida de valores que caracteriza a nuestra sociedad del siglo XXI:
-- Por favor, abone su consumición antes de retirarla de la barra...
Me lo quedé mirando fijamente como diciendo "¿Tengo cara de salir corriendo y dejar sin pagar el café?" y puse una moneda encima del mostrador. El camarero la miró lastimosamente y dijo secamente:
-- Es un euro con cincuenta"-- y señalando al suelo detrás de mí, añadió: -- "¿Ese perro es suyo? Aquí no se admiten animales.
Los seres humanos reaccionamos a veces en contra de toda lógica y cada vez que recuerdo esta escena me pregunto por qué hice lo que hice. El caso es que no sé qué extraño impulso se apoderó de mí, que mis pies echaron a correr en dirección a la puerta como alma que se lleva el diablo y, claro, el resto de mi cuerpo se fue detrás de ellos.
Pero fue al llegar a la puerta y volverme cuando puede ver dos cosas increíbles y asombrosas que me paralizaron el corazón por unos instantes (justo entre un latido y otro):
1) El camarero no se reflejaba en el espejo que había detrás de sí, en la barra del bar y, seguramente, tampoco tenía hecho el curso de manipulador de alimentos.
2) En el suelo, junto al sitio donde yo estaba, había un perro y resulta que era "Recambio" mi viejo perro. Hacía dos años que desapareció tan misteriosamente como había aparecido y ahora lo había vuelto a recuperar.
Pero eso es otra historia...